“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 1º BAHÍA DE HALONG”, de Juanje López.

The Kissing Rocks

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Para ir abriendo boca de la ya sí inminente publicación de El Mundo Pendiente (+info aquí), os dejo con el primero de los tres capítulos que conforman EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE. ¿Qué demonios es esto? Veámoslo.

El Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue son tres capítulos extras de El Mundo Pendiente; tres localizaciones que se quedaron fuera de la versión final de la novela, pero que he rescatado para que podáis tener una muestra representativa del estilo del libro, de mis artes aporreando el teclado y para que conozcáis un poco a Einar Palmer, protagonista de El Mundo Pendiente.

¡AVISO! El Mundo Pendiente: EL Viaje Que No Fue sirve como promoción y representación, pero no forma parte de la trama principal de El Mundo Pendiente. Hay que leerlo como lo que es, un extra rescatado de algo que no fue; no hay que encajarlo en el viaje mostrado en El Mundo Pendiente (aunque deje pistas sobre los acontecimientos de la novela).

Y sin más, el texto. Pinchando en las coordenadas bajo el título, podréis viajar a la localización y ver por donde paso Einar Palmer en su viaje hacia la cordura. ¡Espero que disfrutéis con la lectura!

EDIT: Segundo capítulo disponible aquí.

EDIT: Tercer capítulo disponible aquí.

 

BAHÍA DE HALONG

(20.912267, 107.150888)

 

En aquel amanecer, decenas de embarcaciones sobrecargadas de extranjeros sumisos moteaban el paraje kárstico. A Einar no le importó. No miraba los botes. Tampoco miraba las picudas formaciones que se alzaban del mar en calma. No de momento. Einar Palmer lo único que hacía era pensar. Pensar en no pensar. Tenía que alejar las imágenes de norias y montañas rusas; los sonidos que acompañaban a los recuerdos. Tenía que olvidarlo todo.

—Y viajar al sur, al otro lado —le dijo a nadie.

Tenía que seguir el viaje, con normalidad, como si no hubiese pasado nada.

—Porque no ha pasado nada.

Si pensaba en no pensar, los recuerdos huirían. Se esconderían en el rincón de la mente donde los hechos se convierten en pesadillas que se diluyen en sueños brumosos de corta existencia. Porque el pasado no es más que un hecho distorsionado por quien lo cuenta.

Y Einar Palmer era el narrador.

 

Las enormes moles de piedra caliza habían llamado la atención de Einar ya desde el viejo mundo, cuando todo era más sencillo y se quedaba fascinado con los paisajes de series y comics de origen japonés. Más tarde supo que esos paisajes, que creyó salidos de la imaginación de los dibujantes, estaban inspirados en el noreste de Vietnam, tierra de leyendas. Según una de esas leyendas, los dioses enviaron dragones para defender a los locales de una invasión china. Estos dragones escupieron joyas y jade que más tarde se convirtieron en monolitos rocosos que formaron un muro, dando así la oportunidad a los locales de salvarse.

La bahía de Halong había nacido.

Así que cuando organizó su viaje, Einar incluyó a Halong en la ruta, paladeando con anticipación lo que sería una visita épica; un paseo por los paisajes de sus series favoritas.

La decisión no pudo ser más acertada.

 

 

El corazón de la bahía, con unos trescientos kilómetros cuadrados, poseía setecientos setenta y cinco islotes. El agresivo clima tropical y veinte millones de años formaron el entramado de piedra caliza por el que Einar Palmer se deslizaba. Lo que más le impresionaba era el contraste entre el agua calmada y los dedos de piedra apuntando al cielo, creando ángulos de noventa grados tan perfectos que se veía tentado a creer que paseaba por uno de los paisajes imaginarios de su infancia. Si se esforzaba un poco, incluso podía ver las formas difuminadas de los samuráis haciendo saltos imposibles entre islote e islote, huyendo de sus enemigos o cazándolos. Una sonrisa se instaló en el rostro de Einar, y una lágrima se lanzó al vacío. La sonrisa fue por recordar su infancia. La lágrima, por el viejo mundo que nunca volvería.

Sin darse cuenta, Einar dirigió la mano a la mochila, palpando la zona en la que debería estar la Luger. También sin darse cuenta la retiró, matando a los pensamientos que no llegaron a aflorar.

 

 

Tardó una eternidad, pero al final encontró The Kissing Rocks, un par de formaciones que se alzaban una frente a la otra. Recordaban vagamente a la forma de un gallo y una gallina dispuestos a besarse. Muy vagamente, para el gusto de Einar. Sobre la gallina había una garza, majestuosa, en pie, mirando al horizonte, como si estuviese posando. Einar apartó la vista.

Dio un par de vueltas alrededor de las rocas, una de cerca, otra de lejos, pero no consiguió más que entrever las supuestas formas animales, más por sugestión que por parecido. Lo único que le llamó la atención de los islotes fue la base de los mismos, estrecha por la erosión de las mareas. Era como si los animales pétreos fuesen a venirse abajo con la primera ola que les golpease.

 

 

Tras unas vueltas más por otros dedos rocosos, Einar puso rumbo al sur, a la costa, para seguir su camino, mientras pensaba que la esperanza de un mundo que retomase la normalidad era vana. El pensamiento vino acompañado de melancolía, y ésta desenterró nuevos anhelos de un tiempo mejor en el que, como no se cansaba de recordarse, el mundo era más sencillo y…

—Lotso.

¿Hacía cuánto que no pensaba en él? Ahora era libre. Podía pensar lo que quisiese. El parque de atracciones quedaba ya atrás, lejos, y en él había terminado todo.

—Lotso.

Einar daría lo que fuese por volver a estar con él, por hablar con él, por reír con él, por cazar con… No, cazar no. Eso no era de Lotso. Lotso era su mejor amigo, el que estuvo con él desde el viejo mundo. Debería pensar más en él.

—Pobre Lotso.

Fue esa línea de pensamientos la que casi le hizo chocar con un barco. Mientras se abstraía del mundo real, se había acercando a una pequeña embarcación de madera y bambú que manejaba un pescador acompañado del que supuso era su hijo.

Por suerte los esquivó a tiempo.

Por desgracia pasó demasiado cerca.

Los rostros, tan cercanos y tan lejanos de su realidad, provocaron un escalofrío por todo el cuerpo de Einar. Se removió incómodo en su barca, buscando no sabía el qué con la mirada, agarrando su mochila con una mano y el borde de la embarcación con la otra. ¿Qué le estaba pasando?

—Que estás solo y te habías olvidado.

Einar, consciente de la implicación de aquella frase, soltó la mochila y agarró el timón, girando bruscamente y acelerando, dejando atrás al pescador y a su hijo.

Y a la realidad del nuevo mundo.

 

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