“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 3º ISLA DE PASCUA”, de Juanje López.

Anakena Beach

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Cortito y al pie, como se dice en las calles. Aquí podrás saber qué es El Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue. Aquí podrás leer el segundo capítulo. En las siguientes líneas podrás leer el tercero. ¡Y todo gratis! Y en horas, podréis descargar los tres capítulos en un PDF bien maquetado, para que podáis revivir El Viaje Que No Fue siempre que queráis, sin necesidad de internet. ¡Y feliz lectura!

ISLA DE PASCUA

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Tres fueron los volcanes que dieron forma a la Isla de Pascua. En el caso del Rano Kau, su cono terminó por colapsarse, creando así un cráter que parecía la huella de un meteorito. En su interior, pequeñas lagunas de agua dulce; sólo en dos lugares más de la isla el agua no era salada.

Einar, sentado con la mochila entre las piernas, se encontraba en el borde mellado del cráter. Tenía la espalda vuelta al mar, ignorando tres pequeñas islas cercanas a la costa. Se deleitaba con la vista de las lagunas del interior de la abertura, presintiendo el atardecer en el ambiente.

A lo largo de sus andares por el mundo, Einar Palmer había visto localizaciones de todas las formas y colores, tanto humanas como naturales. Y aun así, el cráter del volcán Rano Kau, con sus lagunas de agua dulce, era uno de los sitios que más serenidad le transmitía. Pensar en la belleza de la isla y en sus primeros habitantes, constructores de miles de estatuas imposibles, aislados en el paraíso, le transmitía una paz interior más que bienvenida.

Y efímera.

La fuerza visual de la naturaleza ya no era capaz de acallar las voces del pasado que se alzaban reclamando la primera fila de los pensamientos.

—No tenía que haberme desviado tanto —se dijo.

Visitar la Isla de Pascua entraba en sus planes, pero sus planes no habían estado en sus manos. Y ahora, en el final de camino, decidía recuperarlos. ¿Para qué? En San Antonio estaba su hogar, su verdadero hogar. Viajar ya no tenía sentido. Estaba cansado. Mejor volver y olvidarse de que alguna vez el mundo fue suyo. Se conformaba con la casa de Circle Street.

Einar se levantó, dio dos pasos hacia el sendero que le llevaría de vuelta al bote, se detuvo y miró hacia atrás. Meditó, dijo un “bah, qué más da” y se dio la vuelta. No viajaría más, pero ya que estaba allí, vería la isla.

—Si no, pensaré hasta que me muera en que tenía que haberlo hecho —dijo girando la cabeza hacia atrás en un acto reflejo.

Un poco más al oeste, en la aldea ceremonial de Orongo, se encontraba un pequeño grupo de turistas. Recién casados, se dijo Einar. Se agrupaban por parejas. Algunos grababan las vistas en las retinas mientras otros las inmortalizaban en sus cámaras, pensando más en la envidia que generarían que en la belleza de la naturaleza. Einar bordeó el cráter por al lado contrario al grupo. Su mano izquierda palpó en la mochila el bulto que era la pistola. Cuando cobró consciencia de lo que estaba haciendo, Einar apartó la mano.

Llegó hasta el centro religioso de Vinapu. Se trataba de una majestuosa plataforma ceremonial compuesta de bloques de basalto calzados entre sí. Alzó la vista. Un avión se disponía a tomar tierra en el aeropuerto internacional de Mataveri. Agarró la cincha de la mochila con fuerza. Sonrió con melancolía.

—Adalbert está en Varosha, idiota.

Decidió seguir adelante y dejar atrás al avión.

Puakatike era el volcán que formaba el vértice este de la isla. Un poco al suroeste se encontraba Rano Raraku, un cráter volcánico producido por ceniza consolidada. En sus laderas, los nativos de La Isla de Pascua tallaron casi todos los moái de la isla. Estas majestuosas estatuas asombraban no solo por su aspecto imponente y único, sino por la forma en la que fueron talladas y transportadas. Cada moái era tallado en la ladera del cráter, soltándolo de la montaña sólo al final del proceso. Era como si los artesanos fuesen a los yacimientos de arcilla a crear las vasijas y figuras directamente sobre el suelo, dejando el último corte para separar las obras de la madre tierra. Aunque un moái no era una vasija para el horno, sino una escultura de cinco toneladas de peso.

Quedaban cerca de cuatrocientos moáis repartidos por la zona. Algunos yacían en el sueño, fracturados, rotos, olvidados. Otros tenían los rostros a medio construir, como si el creador no hubiese estado contento con la belleza que manaba de sus manos y abandonase a su criatura. Unos pocos permanecían anclados a la roca, impasibles, decididos a no mostrar el ansia de desprenderse del seno materno. Incluso podía verse un moái incompleto de veintiún metros de altura; costaba imaginarse a los nativos trabajando la roca hasta conseguir aquellas maravillosas formas. Y es que el lugar poseía una especie de aura mística, con las tallas humanas a medio terminar, como dioses enterrados en la piedra hasta el cuello, incitando a pensar no en humanos tallando, sino en seres mitológicos cobrando vida en medio de la tormenta; la visión de la ladera tuvo que ser cuanto menos perturbadora para los primeros exploradores que pisaron la isla.

Einar Palmer se encontraba en el borde del cráter, admirando las estatuas y evocando los tiempos de esplendor de la isla. Había conseguido cruzar la isla sin dificultad, salvo por un detalle: una solitaria y pequeña nube clavada encima del borde norte de la isla. No le gustaban las nubes, le hacían sentir incómodo. Con ellas a la vista, el mundo cobraba un matiz irreal casi insoportable.

Dejando un poco de lado a la pequeña nube, siguió su camino hacia el noroeste. Quería ver la que decían que era una de las dos únicas playas de arena blanca de la isla y, ya que estaba allí, bañarse tranquilamente, desnudo a ser posible. Durante el trayecto pensó en su familia afincada en el sótano. Por más que le daba vueltas no conseguía descubrir ni un solo motivo por el que una persona mereciese tal tormento. ¿Por qué le había tocado a él? De nuevo la imagen de la pistola llenó su mente. Sin saber lo que hacía, se quitó la mochila del hombro y empezó a rebuscar en ella mientras seguía andando, anhelando sin saberlo el contacto con el frío metal del arma. Era como si la Luger le llamara, como si estuviera impaciente con tanto viaje y hubiese decidido no esperar a San Antonio.

Por suerte para la cordura de Einar, la imagen de la playa de Anakena apareció ante él, empujando los pensamientos oscuros al fondo de la sala. En ella, algo llamó la atención de Einar, algo que no había visto en ningún punto de la isla: un pequeño grupo de palmeras.

—Creía que las habían arrasado todas —dijo girando la cabeza hacia atrás.

 

Las diferentes guerras tribales que se produjeron en la Isla de Pascua provocaron una deforestación casi total. Por ese motivo, por el sinsentido de la raza humana, encontrar vegetación arbórea en la Isla de Pascua era una empresa utópica. Pero no fueron las palmeras las únicas que sufrieron; se arrasaron lugares de construcción de moáis y la mayoría de los centros ceremoniales, llamados ahus. Y eso también era extraordinario en aquella playa de arena blanca, pues en ella se asentaban dos ahus: uno con un solo moai encima y el otro, llamado Nau Nau, con seis de ellos. Cuatro de las seis todavía poseían los pukaos, que eran cilindros de piedra roja de varias toneladas de peso y que hacían las funciones de sombrero. Lo que era un misterio, pues los pukaos se hacían con la piedra existente en un pequeño volcán situado casi en la otra punta de la isla. Intimidaba pensar en cómo un grupo de artesanos tallaban la roca volcánica para conseguir los moáis que tendrían que desplazar, mientras que otro grupo de artesanos, en el extremo opuesto de la isla, tallaban los sombreros que también tendrían que transportar decenas de kilómetros. Sin olvidar que aquellos sombreros rojos había que ponerlos sobre las cabezas de sus dueños.

Mientras se quitaba la ropa, Einar pensó en el logro organizativo de aquellos isleños aislados del mundo y tecnológicamente atrasados. ¿Qué hubiera pasado si no hubieran sufrido la superpoblación que les empujó a matarse entre ellos y destruir su legado? ¿Nuevas esculturas? ¿Anhelos exploradores?

Con esos pensamientos, Einar Palmer se bañó desnudo en la playa de Anakena hasta que la piel se arrugó tres veces y el paraíso comenzó a parecer una playa cualquiera.

No pensó en la pistola. No pensó en Wallace.

Tampoco se dio cuenta de que seguía hablando solo.

 

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