VIVIENTE (microrrelato).

 

dia de los muertos

Ricardo sudaba copiosamente. Había estado huyendo lo que parecía una eternidad. Sus amigos habían sido devorados tiempo atrás por aquellos engendros de la naturaleza que se hacían llamar, no sin cierta mofa, zombis. Escondido en aquel armario de madera que olía a muerte, Ricardo pensó en entregarse. ¿De qué servía huir si el final era inevitable? Ya no le quedaba a nadie en el mundo. Sí, sería lo mejor, entregarse y que su cuerpo fuese masticado de una vez por todas. Ricardo escuchó ruidos de pies arrastrándose y voces que más parecían gruñidos. Ahora o nunca, se dijo Ricardo abriendo la puerta de golpe y gritando: ¡aquí estoy, condenados engendros! Los muertos se le quedaron mirando hasta que uno alzó los brazos y, con lo que pretendía ser una sonrisa, gritó a los suyos: ¡aquí hay otro! Y dirigiéndose a Ricardo: ¡feliz día, viviente! Y entre todos los muertos sacaron a Ricardo de la casa y lo agasajaron con música, bailes, ofrendas y un manjar de comida no putrefacta. Porque en el mundo al revés, en México, los muertos celebran una vez al año el Día de los Vivos.

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