Autor: Juanje López

Juanje López, 1982. Cartagena (Murcia) – España. Inquieto multidisciplinar. Deejay, productor musical, escritor, editor de vídeo... Como escritor ha sido publicado en muy diversas antologías. Además, publicó con la editorial Léeme Libros un manual no técnico sobre todos los aspectos de una vida entregada a la música, llamado "Mamá, Quiero ser DJ" y escrito junto a Eme DJ, referente de la electrónica española. Otros proyectos multidisciplinares ocupan su día a día (programas de radio, novelas, relatos, encargos), con previsión de que otros se unan en breve para conseguir robar aún más horas de sueño a este inquieto creador.

EL MUNDO PENDIENTE, ¡gratis! Black Friday.

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Os habéis dado cuenta de que estoy desaparecido, ¿verdad? Pues una de las razones es la escritura de El Mundo Pendiente Despierta, segunda y última parte de El Mundo Pendiente. Y como estamos en Black Friday, ¡pues primera parte gratis! Podéis adquirirlo en el siguiente enlace:

El Mundo Pendiente Gratis

Pronto retomaré el cuidado de este vuestro blog, ya que la vida parece abrir el cielo encapotado y por allá a lo lejos veo la luz de la tranquilidad. ¡Y tengo muchas ganas de volver a leer y reseñar y opinar! Mientras, que tengáis una muy feliz lectura, viajeros espaciales. ¡Que los dioses os sonrían!

 

LA PEQUEÑA, EL CANGREJO Y LA MOCHILA (Microrrelato).

Crab

 

[extracto del diario de la doctora Pradillo cuando tenía diez años]

 

Después de ir muchas veces al médico mis padres me dijeron que tenía un cangrejo dentro y que no sabían si me lo podrían quitar. Yo había visto cangrejos en la playa, y me parecieron unos animalitos muy bonitos. No me creía eso del cangrejo malo, así que adopté uno. Era tan bueno y alegre que lo llamé Sebastián. Mientras jugaba con él, un familiar les dijo a mis padres que los caminos del señor eran una palabra rara. Yo no sabía quién era ese señor, pero de repente me vi en uno de sus caminos con una mochila negra a la espalda. Era muy fea, pero al menos pesaba poco. Aunque sólo al principio. Después parecía que estaba llena de piedras. En los tramos difíciles la cogían mis padres, o mis titos, o mis amigos, que sólo podían llevarla un poco porque pesaba demasiado. Y resultó que el camino terminaba en una montaña. Parecía imposible de subir con la mochila negra, pero Sebastián me dijo en cangrejo que si lo hacía podría dejarla en la cima. Así que escalamos la montaña. Fue muy difícil, pero entre todos llevábamos la mochila y la pasábamos de roca en roca. Incluso una vez casi se nos cae, porque el suelo estaba muy inclinado, pero todos nos lanzamos a por ella y la cogimos, teniendo más cuidado para que no se cayese de nuevo. Hasta que llegamos a la cima. Allí rompimos a sonrear, que es como Sebastián le llama a la risa y las lágrimas a la vez. Dejé caer la mochila al suelo y allí se quedó, en lo alto de la montaña. Mi familia no paraba de repetir que había vencido al cangrejo, pero yo cogí a Sebastián y les dije: «esto es un cangrejo. Lo otro es una mochila negra que se deja en la montaña». Creo que nadie lo entendió. Pero ya lo harán. Yo me encargaré de que lo hagan.

VIVIENTE (microrrelato).

 

dia de los muertos

Ricardo sudaba copiosamente. Había estado huyendo lo que parecía una eternidad. Sus amigos habían sido devorados tiempo atrás por aquellos engendros de la naturaleza que se hacían llamar, no sin cierta mofa, zombis. Escondido en aquel armario de madera que olía a muerte, Ricardo pensó en entregarse. ¿De qué servía huir si el final era inevitable? Ya no le quedaba a nadie en el mundo. Sí, sería lo mejor, entregarse y que su cuerpo fuese masticado de una vez por todas. Ricardo escuchó ruidos de pies arrastrándose y voces que más parecían gruñidos. Ahora o nunca, se dijo Ricardo abriendo la puerta de golpe y gritando: ¡aquí estoy, condenados engendros! Los muertos se le quedaron mirando hasta que uno alzó los brazos y, con lo que pretendía ser una sonrisa, gritó a los suyos: ¡aquí hay otro! Y dirigiéndose a Ricardo: ¡feliz día, viviente! Y entre todos los muertos sacaron a Ricardo de la casa y lo agasajaron con música, bailes, ofrendas y un manjar de comida no putrefacta. Porque en el mundo al revés, en México, los muertos celebran una vez al año el Día de los Vivos.

“BLOQUEO DE ESCRITOR”, MICRORRELATO PARA CERTAMEN LITERARIO.

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¡Buenas tardes, viajeros espaciales!

Antes de nada, perdón por teneros abandonados, pero nuevos trabajos me están quitando tiempo de leer y cuidaros como os merecéis.

Aun así, entro para compartir mi última criatura literaria: un microrrelato para el certamen literario que ha puesto en marcha Signo Editores. Un certamen recién nacido pero que está llamado a ser de los más importantes en lengua hispana (y en formato breve).

El microrrelato lo podéis leer en el siguiente enlace:

BLOQUEO DE ESCRITOR

¡Espero que os guste! Y nada más. ¡Un saludo, viajeros! Intentaré volver pronto.

PD: Si alguien no sabe de qué va eso de los microrrelatos y quiere enterarse, que pinche aquí.

Problemas ortográficos de “EL MUNDO PENDIENTE” [SOLUCIONADO]

EL MUNDO PENDIENTE - Juanje Lopez

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Entro brevemente para pedir perdón. ¿Por qué? Porque mi novela EL MUNDO PENDIENTE, debido a un problema en los archivos de maquetación, se editó con problemas ortográficos. Ese problema ya está resuelto, y en la web de Amazon ya se puede adquirir tanto en versión digital como en versión papel con el formato y la ortografía correcta (salvo mínimos errores que seguro se habrán escapado; las primeras ediciones son así).

Para quien adquiriese el libro en formato digital, HOY 5 DE JULIO podrá descargar el libro de nuevo, de manera gratuita, en el siguiente enlace:

EL MUNDO PENDIENTE EN VERSIÓN DIGITAL

Para quien lo adquiriese en formato papel, que se ponga en contacto conmigo para más información.

Lamento profundamente las molestias. No tendrían que existir los errores, pero ya que no he sido capaz de evitarlos, mejor reconocerlos y arreglarlos.

¡Y feliz lectura! No olvidéis que podéis poneros en contacto conmigo para cualquier cuestión, del libro o de la literatura, del cine o de la música, de los precios de la gasolina o de las ediciones del Monopoly.

¡Saludos, viajeros!

“EL MUNDO PENDIENTE”, de Juanje López.

EL MUNDO PENDIENTE - Juanje Lopez

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Llegó el día. El Mundo Pendiente, mi novela de ciencia ficción centrada en el desarrollo humano (podéis saber más de la temática en este enlace) ya está a la venta. ¿A la venta? ¡A la venta!

¿DÓNDE PUEDO COMPRAR EL MUNDO PENDIENTE?

El mundo pendiente se puede comprar en Amazon, en los enlaces que pongo a continuación:

COMPRAR EL MUNDO PENDIENTE (eBook)

COMPRAR EL MUNDO PENDIENTE (tapa blanda)

¡ATENCIÓN!: mañana, 29 de Junio de 2017, El Mundo Pendiente en versión eBook será gratuito. Repito: mañana 29 de Junio, El Mundo Pendiente en versión eBook, ¡gratis! Sólo por un día. ¿Por qué ponerlo gratuito? Porque la literatura es para difundirla, por eso. Y no lo pongo gratuito en digital de forma permanente porque con el plan que tengo con Amazon, no puedo.

¿EN QUÉ FORMATO ESTÁ EL MUNDO PENDIENTE?

Como habéis visto, El Mundo Pendiente se puede adquirir tanto en versión digital (eBook) como en versión papel (tapa blanda). Ambas ediciones cuentan con maquetación propia para ajustar el texto a las especificaciones de cada formato.

¿CUÁNTAS PÁGINAS TIENE EL MUNDO PENDIENTE?

La versión digital consta de 320 páginas (extensión que variará según las especificaciones que se tengan en el lector de libros electrónico). La versión de papel, por tener la letra más pequeña, tiene 213 páginas.

¿SE PUEDE LEER ALGO DE EL MUNDO PENDIENTE ANTES DE COMPRARLO?

En la página del eBook de El Mundo Pendiente, sobre la portada, hay un enlace que reza “Échale un vistazo“. Pinchando en él, podrás leer las primeras páginas, aunque la maquetación que te muestran ES HORRIBLE y NO ES LA DEL LIBRO, sino una genérica que utilizan para todos los eBooks de su tienda, algo que espero que arreglen pronto, porque con esa previsualiación, el lector se puede llevar a engaño sobre la calidad de maquetación del libro.

También se puede leer El Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue, que aunque no forma parte de la novela en sí, sirve de representación del estilo y estructura de El Mundo Pendiente. Tenéis toda la info en este enlace.

Y nada más, queridos viajeros. Espero que disfrutéis con esta historia salida de mi imaginación. Podéis poner vuestras críticas y puntuación en la web de Amazon. ¡Y sed sinceros! Para mentiras ya está la política…

¡Feliz lectura!

EL MUNDO PENDIENTE - Juanje Lopez

“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 3º ISLA DE PASCUA”, de Juanje López.

Anakena Beach

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Cortito y al pie, como se dice en las calles. Aquí podrás saber qué es El Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue. Aquí podrás leer el segundo capítulo. En las siguientes líneas podrás leer el tercero. ¡Y todo gratis! Y en horas, podréis descargar los tres capítulos en un PDF bien maquetado, para que podáis revivir El Viaje Que No Fue siempre que queráis, sin necesidad de internet. ¡Y feliz lectura!

ISLA DE PASCUA

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Tres fueron los volcanes que dieron forma a la Isla de Pascua. En el caso del Rano Kau, su cono terminó por colapsarse, creando así un cráter que parecía la huella de un meteorito. En su interior, pequeñas lagunas de agua dulce; sólo en dos lugares más de la isla el agua no era salada.

Einar, sentado con la mochila entre las piernas, se encontraba en el borde mellado del cráter. Tenía la espalda vuelta al mar, ignorando tres pequeñas islas cercanas a la costa. Se deleitaba con la vista de las lagunas del interior de la abertura, presintiendo el atardecer en el ambiente.

A lo largo de sus andares por el mundo, Einar Palmer había visto localizaciones de todas las formas y colores, tanto humanas como naturales. Y aun así, el cráter del volcán Rano Kau, con sus lagunas de agua dulce, era uno de los sitios que más serenidad le transmitía. Pensar en la belleza de la isla y en sus primeros habitantes, constructores de miles de estatuas imposibles, aislados en el paraíso, le transmitía una paz interior más que bienvenida.

Y efímera.

La fuerza visual de la naturaleza ya no era capaz de acallar las voces del pasado que se alzaban reclamando la primera fila de los pensamientos.

—No tenía que haberme desviado tanto —se dijo.

Visitar la Isla de Pascua entraba en sus planes, pero sus planes no habían estado en sus manos. Y ahora, en el final de camino, decidía recuperarlos. ¿Para qué? En San Antonio estaba su hogar, su verdadero hogar. Viajar ya no tenía sentido. Estaba cansado. Mejor volver y olvidarse de que alguna vez el mundo fue suyo. Se conformaba con la casa de Circle Street.

Einar se levantó, dio dos pasos hacia el sendero que le llevaría de vuelta al bote, se detuvo y miró hacia atrás. Meditó, dijo un “bah, qué más da” y se dio la vuelta. No viajaría más, pero ya que estaba allí, vería la isla.

—Si no, pensaré hasta que me muera en que tenía que haberlo hecho —dijo girando la cabeza hacia atrás en un acto reflejo.

Un poco más al oeste, en la aldea ceremonial de Orongo, se encontraba un pequeño grupo de turistas. Recién casados, se dijo Einar. Se agrupaban por parejas. Algunos grababan las vistas en las retinas mientras otros las inmortalizaban en sus cámaras, pensando más en la envidia que generarían que en la belleza de la naturaleza. Einar bordeó el cráter por al lado contrario al grupo. Su mano izquierda palpó en la mochila el bulto que era la pistola. Cuando cobró consciencia de lo que estaba haciendo, Einar apartó la mano.

Llegó hasta el centro religioso de Vinapu. Se trataba de una majestuosa plataforma ceremonial compuesta de bloques de basalto calzados entre sí. Alzó la vista. Un avión se disponía a tomar tierra en el aeropuerto internacional de Mataveri. Agarró la cincha de la mochila con fuerza. Sonrió con melancolía.

—Adalbert está en Varosha, idiota.

Decidió seguir adelante y dejar atrás al avión.

Puakatike era el volcán que formaba el vértice este de la isla. Un poco al suroeste se encontraba Rano Raraku, un cráter volcánico producido por ceniza consolidada. En sus laderas, los nativos de La Isla de Pascua tallaron casi todos los moái de la isla. Estas majestuosas estatuas asombraban no solo por su aspecto imponente y único, sino por la forma en la que fueron talladas y transportadas. Cada moái era tallado en la ladera del cráter, soltándolo de la montaña sólo al final del proceso. Era como si los artesanos fuesen a los yacimientos de arcilla a crear las vasijas y figuras directamente sobre el suelo, dejando el último corte para separar las obras de la madre tierra. Aunque un moái no era una vasija para el horno, sino una escultura de cinco toneladas de peso.

Quedaban cerca de cuatrocientos moáis repartidos por la zona. Algunos yacían en el sueño, fracturados, rotos, olvidados. Otros tenían los rostros a medio construir, como si el creador no hubiese estado contento con la belleza que manaba de sus manos y abandonase a su criatura. Unos pocos permanecían anclados a la roca, impasibles, decididos a no mostrar el ansia de desprenderse del seno materno. Incluso podía verse un moái incompleto de veintiún metros de altura; costaba imaginarse a los nativos trabajando la roca hasta conseguir aquellas maravillosas formas. Y es que el lugar poseía una especie de aura mística, con las tallas humanas a medio terminar, como dioses enterrados en la piedra hasta el cuello, incitando a pensar no en humanos tallando, sino en seres mitológicos cobrando vida en medio de la tormenta; la visión de la ladera tuvo que ser cuanto menos perturbadora para los primeros exploradores que pisaron la isla.

Einar Palmer se encontraba en el borde del cráter, admirando las estatuas y evocando los tiempos de esplendor de la isla. Había conseguido cruzar la isla sin dificultad, salvo por un detalle: una solitaria y pequeña nube clavada encima del borde norte de la isla. No le gustaban las nubes, le hacían sentir incómodo. Con ellas a la vista, el mundo cobraba un matiz irreal casi insoportable.

Dejando un poco de lado a la pequeña nube, siguió su camino hacia el noroeste. Quería ver la que decían que era una de las dos únicas playas de arena blanca de la isla y, ya que estaba allí, bañarse tranquilamente, desnudo a ser posible. Durante el trayecto pensó en su familia afincada en el sótano. Por más que le daba vueltas no conseguía descubrir ni un solo motivo por el que una persona mereciese tal tormento. ¿Por qué le había tocado a él? De nuevo la imagen de la pistola llenó su mente. Sin saber lo que hacía, se quitó la mochila del hombro y empezó a rebuscar en ella mientras seguía andando, anhelando sin saberlo el contacto con el frío metal del arma. Era como si la Luger le llamara, como si estuviera impaciente con tanto viaje y hubiese decidido no esperar a San Antonio.

Por suerte para la cordura de Einar, la imagen de la playa de Anakena apareció ante él, empujando los pensamientos oscuros al fondo de la sala. En ella, algo llamó la atención de Einar, algo que no había visto en ningún punto de la isla: un pequeño grupo de palmeras.

—Creía que las habían arrasado todas —dijo girando la cabeza hacia atrás.

 

Las diferentes guerras tribales que se produjeron en la Isla de Pascua provocaron una deforestación casi total. Por ese motivo, por el sinsentido de la raza humana, encontrar vegetación arbórea en la Isla de Pascua era una empresa utópica. Pero no fueron las palmeras las únicas que sufrieron; se arrasaron lugares de construcción de moáis y la mayoría de los centros ceremoniales, llamados ahus. Y eso también era extraordinario en aquella playa de arena blanca, pues en ella se asentaban dos ahus: uno con un solo moai encima y el otro, llamado Nau Nau, con seis de ellos. Cuatro de las seis todavía poseían los pukaos, que eran cilindros de piedra roja de varias toneladas de peso y que hacían las funciones de sombrero. Lo que era un misterio, pues los pukaos se hacían con la piedra existente en un pequeño volcán situado casi en la otra punta de la isla. Intimidaba pensar en cómo un grupo de artesanos tallaban la roca volcánica para conseguir los moáis que tendrían que desplazar, mientras que otro grupo de artesanos, en el extremo opuesto de la isla, tallaban los sombreros que también tendrían que transportar decenas de kilómetros. Sin olvidar que aquellos sombreros rojos había que ponerlos sobre las cabezas de sus dueños.

Mientras se quitaba la ropa, Einar pensó en el logro organizativo de aquellos isleños aislados del mundo y tecnológicamente atrasados. ¿Qué hubiera pasado si no hubieran sufrido la superpoblación que les empujó a matarse entre ellos y destruir su legado? ¿Nuevas esculturas? ¿Anhelos exploradores?

Con esos pensamientos, Einar Palmer se bañó desnudo en la playa de Anakena hasta que la piel se arrugó tres veces y el paraíso comenzó a parecer una playa cualquiera.

No pensó en la pistola. No pensó en Wallace.

Tampoco se dio cuenta de que seguía hablando solo.