Cuevas de Waitomo

“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 2º CUEVAS DE WAITOMO”, de Juanje López.

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¡Buenos días, viajeros espaciales!

Segunda entrega de EL Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue. Ya he hablado de este spin off de El Mundo Pendiente aquí, así que no me voy a repetir. Lo único que queda es disfrutar con la lectura. ¡Y que aproveche, viajeros!

 

CUEVAS DE WAITOMO

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El Bristol Freighter era un avión británico de los años cincuenta. Lo propulsaban dos motores Hercules de catorce cilindros con una potencia de 1.476 kW cada uno.

Einar Palmer estaba sentado en la cabina de uno de estos aviones, uno que fue de los últimos en abandonar Vietnam con las tropas americanas lamiéndose las heridas. El aeroplano descansaba muy cerca de las Cuevas de Waitomo, en la isla norte de Nueva Zelanda, sin haber sentido el aire bajo sus alas desde hacía décadas. Ahora, el Bristol Freighter que había visto sangre y fuego servía un propósito mucho más ameno: motel de dos estancias.

Einar descansaba en la cabina, en uno de los dos colchones que había sobre el suelo a modo de cama. El espacio era reducido, más de lo que imaginó desde fuera, y el techo bajo. Aun así, Einar no pudo resistir la tentación de pasar unos días en el avión, durmiendo en la cabina. Estar dentro del esqueleto de la nave, sabiendo que ese mismo fuselaje había surcado los cielos de Vietnam en época de guerra, le hacía sentirse partícipe de la historia.

Einar se obligó a espabilarse y levantarse. Fue al baño y se miró en el espejo. Las ojeras estaban empezando a ganar terreno, y la cara que se escondía tras ellas era desconocida.

—Al menos has recuperado la cordura —le dijo a su reflejo antes de lavarse la cara y volver a la cabina para recoger sus cosas y seguir el camino.

Mientras bajaba las escaleras que conducían a la habitación inferior, decidió que era hora de ver las Cuevas de Waitomo. Había explorado los alrededores sin ver a demasiados turistas, lo que no era una buena señal, pues significaba que habría varios grupos dentro de la cueva, navegando en pequeños botes por las aguas de la gruta. Tendría que bajar con cuidado; una vez allí, podría nadar con tranquilidad, admirando el luminoso techo de la cueva. Porque una cosa tenía clara: no quería más gente en su vida.

Como despedida, Einar dio un par de vueltas por el exterior del avión, admirando las líneas características de las aeronaves de la época y disfrutando con los colores verde oscuro, verde claro y beige de la pintura de camuflaje. Hizo girar las aspas de los motores Hercules que habían levantado la mole de metal del suelo.

—Pero falta algo…

Se sentó en el estabilizador horizontal de cola y contempló el avión militar. Demasiado limpio. Tras pensarlo, supo qué era lo que faltaba en el cuadro.

—No te preocupes, colega, que yo me encargo.

Bajó de un salto, empezó a alejarse del avión mientras rebuscaba en su vieja mochila, sacó la Luger, le quitó el seguro y empezó a disparar sobre el lateral izquierdo del avión. Una vez sin munición, se fue al lateral derecho mientras buscaba más balas en su mochila. Las encontró, las introdujo en el cargador, lo encajó en el arma, la amartilló y disparó, quedándose de nuevo sin munición.

La Luger radiaba satisfacción por haber disparado de nuevo.

—No te acostumbres.

Se puso la mochila al hombro y rodeó varias veces el avión, observando su aportación al cuadro; el resultado no podía ser más positivo. Con los agujeros de bala en la pintura de camuflaje uno podía imaginarse al aeroplano surcando los cielos de Vietnam en tiempo de conflicto. La nave entera había ganado en madurez. ¿El morro le estaba sonriendo? Creía que sí.

—De nada —le dijo al avión mientras se despedía con la mano.

Puso rumbo al sur, por los campos, paralelo a la Waitomo Valley Road que le llevaría a la Waitomo Caves Road que moría en la entrada de las cuevas. Mientras disfrutaba del paisaje y de un cielo sin nubes, Einar se dispuso a recargar la pistola. Se trataba de una Luger P08 original con cargador extraíble de ocho cartuchos y tambor de treinta y dos. La había llevado el tiempo suficiente como para terminar de quedar prendado por su forma, su equilibrio y el tacto del gatillo. La consiguió a través de un particular que vendía armamento antiguo. Saber que ese arma estuvo en las manos de algún oficial alemán durante la Segunda Guerra Mundial le hacía ser partícipe de la sangrienta historia humana, donde la vida del prójimo era igual de valiosa que la de una piedra, una de las normales.

Evocando imágenes de enfrentamientos entre fuerzas del eje y aliados, un pensamiento cruzó su mente agitando los brazos. Einar se detuvo y miró alrededor, al mundo entero, a los sitios que había visitado, a las personas que había dejado atrás, a su familia en el sótano. Volvió la vista al arma. Aquel conjunto de piezas de metal diseñado para matar podría ser perfecto. Sería indoloro, eso creía. Además, con ella había jugado durante años. ¿Por qué no hacerlo una última vez? Podría ser él quien la llevase.

—No te precipites, colega.

¿Merecía la pena seguir viviendo de aquella manera ahora que había recuperado la cordura? Sacudió la cabeza. Volvió a mirar alrededor, esta vez al terreno que le rodeaba.

—Mejor seguir.

Guardó la Luger en la mochila y reanudó el camino a las Cuevas de Waitomo.

Investigando en una biblioteca de Dallas, descubrió que la cueva se dividía en tres niveles, más el propio río Waitomo. En el primero se encontraba el Tomo. Era una abertura vertical de piedra caliza de dieciséis metros de longitud tallada por una antigua cascada. En el segundo nivel se encontraba la Cámara del Banquete, donde había evidencias, en forma de manchas de humo en el techo, de fuegos realizados en su interior por antiguos señores de la tierra y viajeros en busca de cobijo. La Catedral estaba en el tercer nivel, y era una zona cerrada al público. Tenía un techo irregular de dieciocho metros de altura, que hacía del lugar un sitio inmejorable para conseguir una acústica casi perfecta exenta de reverberaciones molestas. De hecho, según había leído, varios cantantes habían lanzado sus potentes voces sobre las paredes de La Catedral, ofreciendo así un espectáculo sonoro inigualable. Einar Palmer, de pie en el centro de la sala sobre una plataforma artificial, entonó lo mejor que pudo un canto operístico, pero La Catedral debió de perder su majestuosa sonoridad con la marcha del viejo mundo, pues el sonido que se produjo se parecía más a un gato agónico que a un canto en La Catedral de Waitomo.

—Claro, porque tu voz es donada por un ángel… —se dijo Einar con ironía.

Si La Catedral había sido todo lo que podía esperar y más, el río Waitomo fue toda una sorpresa. Ni lo que leyó ni las imágenes que había visto hacían justicia a la belleza que desprendía el lugar. Miles de esferas de luz suspendidas de hilos mucosos bañaban las paredes y el río con un resplandor azulado casi fantasmagórico. Era como si el Hacedor hubiera decidido ponerse creativo y diseñar unas lámparas de finos collares de perlas que repartió por el techo de la cueva.

—Si hubiera tenido algo así en San Antonio…

Los obreros del Hacedor eran los Arachnocampa luminosa, unos gusanos que colgaban del techo y que decidieron que podían aprovechar el encargo del de arriba para procurarse comida. A Einar no le extrañó. ¿Qué ser viviente podía resistirse a volar hasta las perlas luminosas y enredarse en su luz, flotando con ellas por toda la eternidad? ¿Y si escalaba hasta el techo? ¿Podría enredarse en el resplandor? ¿Sería devorado por los gusanos? ¿Por siglos, milenios?

—Hay finales peores —se dijo Einar con los ojos vidriosos, hipnotizado por los collares de mucosidad.

Afuera, en la entrada de la cueva, la Luger esperaba despreocupada. Que su dueño tuviera fantasías de luz. No importaba.

Pronto llegaría su momento.