Relato

“BLOQUEO DE ESCRITOR”, MICRORRELATO PARA CERTAMEN LITERARIO.

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¡Buenas tardes, viajeros espaciales!

Antes de nada, perdón por teneros abandonados, pero nuevos trabajos me están quitando tiempo de leer y cuidaros como os merecéis.

Aun así, entro para compartir mi última criatura literaria: un microrrelato para el certamen literario que ha puesto en marcha Signo Editores. Un certamen recién nacido pero que está llamado a ser de los más importantes en lengua hispana (y en formato breve).

El microrrelato lo podéis leer en el siguiente enlace:

BLOQUEO DE ESCRITOR

¡Espero que os guste! Y nada más. ¡Un saludo, viajeros! Intentaré volver pronto.

PD: Si alguien no sabe de qué va eso de los microrrelatos y quiere enterarse, que pinche aquí.

“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 3º ISLA DE PASCUA”, de Juanje López.

Anakena Beach

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Cortito y al pie, como se dice en las calles. Aquí podrás saber qué es El Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue. Aquí podrás leer el segundo capítulo. En las siguientes líneas podrás leer el tercero. ¡Y todo gratis! Y en horas, podréis descargar los tres capítulos en un PDF bien maquetado, para que podáis revivir El Viaje Que No Fue siempre que queráis, sin necesidad de internet. ¡Y feliz lectura!

ISLA DE PASCUA

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Tres fueron los volcanes que dieron forma a la Isla de Pascua. En el caso del Rano Kau, su cono terminó por colapsarse, creando así un cráter que parecía la huella de un meteorito. En su interior, pequeñas lagunas de agua dulce; sólo en dos lugares más de la isla el agua no era salada.

Einar, sentado con la mochila entre las piernas, se encontraba en el borde mellado del cráter. Tenía la espalda vuelta al mar, ignorando tres pequeñas islas cercanas a la costa. Se deleitaba con la vista de las lagunas del interior de la abertura, presintiendo el atardecer en el ambiente.

A lo largo de sus andares por el mundo, Einar Palmer había visto localizaciones de todas las formas y colores, tanto humanas como naturales. Y aun así, el cráter del volcán Rano Kau, con sus lagunas de agua dulce, era uno de los sitios que más serenidad le transmitía. Pensar en la belleza de la isla y en sus primeros habitantes, constructores de miles de estatuas imposibles, aislados en el paraíso, le transmitía una paz interior más que bienvenida.

Y efímera.

La fuerza visual de la naturaleza ya no era capaz de acallar las voces del pasado que se alzaban reclamando la primera fila de los pensamientos.

—No tenía que haberme desviado tanto —se dijo.

Visitar la Isla de Pascua entraba en sus planes, pero sus planes no habían estado en sus manos. Y ahora, en el final de camino, decidía recuperarlos. ¿Para qué? En San Antonio estaba su hogar, su verdadero hogar. Viajar ya no tenía sentido. Estaba cansado. Mejor volver y olvidarse de que alguna vez el mundo fue suyo. Se conformaba con la casa de Circle Street.

Einar se levantó, dio dos pasos hacia el sendero que le llevaría de vuelta al bote, se detuvo y miró hacia atrás. Meditó, dijo un “bah, qué más da” y se dio la vuelta. No viajaría más, pero ya que estaba allí, vería la isla.

—Si no, pensaré hasta que me muera en que tenía que haberlo hecho —dijo girando la cabeza hacia atrás en un acto reflejo.

Un poco más al oeste, en la aldea ceremonial de Orongo, se encontraba un pequeño grupo de turistas. Recién casados, se dijo Einar. Se agrupaban por parejas. Algunos grababan las vistas en las retinas mientras otros las inmortalizaban en sus cámaras, pensando más en la envidia que generarían que en la belleza de la naturaleza. Einar bordeó el cráter por al lado contrario al grupo. Su mano izquierda palpó en la mochila el bulto que era la pistola. Cuando cobró consciencia de lo que estaba haciendo, Einar apartó la mano.

Llegó hasta el centro religioso de Vinapu. Se trataba de una majestuosa plataforma ceremonial compuesta de bloques de basalto calzados entre sí. Alzó la vista. Un avión se disponía a tomar tierra en el aeropuerto internacional de Mataveri. Agarró la cincha de la mochila con fuerza. Sonrió con melancolía.

—Adalbert está en Varosha, idiota.

Decidió seguir adelante y dejar atrás al avión.

Puakatike era el volcán que formaba el vértice este de la isla. Un poco al suroeste se encontraba Rano Raraku, un cráter volcánico producido por ceniza consolidada. En sus laderas, los nativos de La Isla de Pascua tallaron casi todos los moái de la isla. Estas majestuosas estatuas asombraban no solo por su aspecto imponente y único, sino por la forma en la que fueron talladas y transportadas. Cada moái era tallado en la ladera del cráter, soltándolo de la montaña sólo al final del proceso. Era como si los artesanos fuesen a los yacimientos de arcilla a crear las vasijas y figuras directamente sobre el suelo, dejando el último corte para separar las obras de la madre tierra. Aunque un moái no era una vasija para el horno, sino una escultura de cinco toneladas de peso.

Quedaban cerca de cuatrocientos moáis repartidos por la zona. Algunos yacían en el sueño, fracturados, rotos, olvidados. Otros tenían los rostros a medio construir, como si el creador no hubiese estado contento con la belleza que manaba de sus manos y abandonase a su criatura. Unos pocos permanecían anclados a la roca, impasibles, decididos a no mostrar el ansia de desprenderse del seno materno. Incluso podía verse un moái incompleto de veintiún metros de altura; costaba imaginarse a los nativos trabajando la roca hasta conseguir aquellas maravillosas formas. Y es que el lugar poseía una especie de aura mística, con las tallas humanas a medio terminar, como dioses enterrados en la piedra hasta el cuello, incitando a pensar no en humanos tallando, sino en seres mitológicos cobrando vida en medio de la tormenta; la visión de la ladera tuvo que ser cuanto menos perturbadora para los primeros exploradores que pisaron la isla.

Einar Palmer se encontraba en el borde del cráter, admirando las estatuas y evocando los tiempos de esplendor de la isla. Había conseguido cruzar la isla sin dificultad, salvo por un detalle: una solitaria y pequeña nube clavada encima del borde norte de la isla. No le gustaban las nubes, le hacían sentir incómodo. Con ellas a la vista, el mundo cobraba un matiz irreal casi insoportable.

Dejando un poco de lado a la pequeña nube, siguió su camino hacia el noroeste. Quería ver la que decían que era una de las dos únicas playas de arena blanca de la isla y, ya que estaba allí, bañarse tranquilamente, desnudo a ser posible. Durante el trayecto pensó en su familia afincada en el sótano. Por más que le daba vueltas no conseguía descubrir ni un solo motivo por el que una persona mereciese tal tormento. ¿Por qué le había tocado a él? De nuevo la imagen de la pistola llenó su mente. Sin saber lo que hacía, se quitó la mochila del hombro y empezó a rebuscar en ella mientras seguía andando, anhelando sin saberlo el contacto con el frío metal del arma. Era como si la Luger le llamara, como si estuviera impaciente con tanto viaje y hubiese decidido no esperar a San Antonio.

Por suerte para la cordura de Einar, la imagen de la playa de Anakena apareció ante él, empujando los pensamientos oscuros al fondo de la sala. En ella, algo llamó la atención de Einar, algo que no había visto en ningún punto de la isla: un pequeño grupo de palmeras.

—Creía que las habían arrasado todas —dijo girando la cabeza hacia atrás.

 

Las diferentes guerras tribales que se produjeron en la Isla de Pascua provocaron una deforestación casi total. Por ese motivo, por el sinsentido de la raza humana, encontrar vegetación arbórea en la Isla de Pascua era una empresa utópica. Pero no fueron las palmeras las únicas que sufrieron; se arrasaron lugares de construcción de moáis y la mayoría de los centros ceremoniales, llamados ahus. Y eso también era extraordinario en aquella playa de arena blanca, pues en ella se asentaban dos ahus: uno con un solo moai encima y el otro, llamado Nau Nau, con seis de ellos. Cuatro de las seis todavía poseían los pukaos, que eran cilindros de piedra roja de varias toneladas de peso y que hacían las funciones de sombrero. Lo que era un misterio, pues los pukaos se hacían con la piedra existente en un pequeño volcán situado casi en la otra punta de la isla. Intimidaba pensar en cómo un grupo de artesanos tallaban la roca volcánica para conseguir los moáis que tendrían que desplazar, mientras que otro grupo de artesanos, en el extremo opuesto de la isla, tallaban los sombreros que también tendrían que transportar decenas de kilómetros. Sin olvidar que aquellos sombreros rojos había que ponerlos sobre las cabezas de sus dueños.

Mientras se quitaba la ropa, Einar pensó en el logro organizativo de aquellos isleños aislados del mundo y tecnológicamente atrasados. ¿Qué hubiera pasado si no hubieran sufrido la superpoblación que les empujó a matarse entre ellos y destruir su legado? ¿Nuevas esculturas? ¿Anhelos exploradores?

Con esos pensamientos, Einar Palmer se bañó desnudo en la playa de Anakena hasta que la piel se arrugó tres veces y el paraíso comenzó a parecer una playa cualquiera.

No pensó en la pistola. No pensó en Wallace.

Tampoco se dio cuenta de que seguía hablando solo.

 

“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 2º CUEVAS DE WAITOMO”, de Juanje López.

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¡Buenos días, viajeros espaciales!

Segunda entrega de EL Mundo Pendiente: El Viaje Que No Fue. Ya he hablado de este spin off de El Mundo Pendiente aquí, así que no me voy a repetir. Lo único que queda es disfrutar con la lectura. ¡Y que aproveche, viajeros!

 

CUEVAS DE WAITOMO

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El Bristol Freighter era un avión británico de los años cincuenta. Lo propulsaban dos motores Hercules de catorce cilindros con una potencia de 1.476 kW cada uno.

Einar Palmer estaba sentado en la cabina de uno de estos aviones, uno que fue de los últimos en abandonar Vietnam con las tropas americanas lamiéndose las heridas. El aeroplano descansaba muy cerca de las Cuevas de Waitomo, en la isla norte de Nueva Zelanda, sin haber sentido el aire bajo sus alas desde hacía décadas. Ahora, el Bristol Freighter que había visto sangre y fuego servía un propósito mucho más ameno: motel de dos estancias.

Einar descansaba en la cabina, en uno de los dos colchones que había sobre el suelo a modo de cama. El espacio era reducido, más de lo que imaginó desde fuera, y el techo bajo. Aun así, Einar no pudo resistir la tentación de pasar unos días en el avión, durmiendo en la cabina. Estar dentro del esqueleto de la nave, sabiendo que ese mismo fuselaje había surcado los cielos de Vietnam en época de guerra, le hacía sentirse partícipe de la historia.

Einar se obligó a espabilarse y levantarse. Fue al baño y se miró en el espejo. Las ojeras estaban empezando a ganar terreno, y la cara que se escondía tras ellas era desconocida.

—Al menos has recuperado la cordura —le dijo a su reflejo antes de lavarse la cara y volver a la cabina para recoger sus cosas y seguir el camino.

Mientras bajaba las escaleras que conducían a la habitación inferior, decidió que era hora de ver las Cuevas de Waitomo. Había explorado los alrededores sin ver a demasiados turistas, lo que no era una buena señal, pues significaba que habría varios grupos dentro de la cueva, navegando en pequeños botes por las aguas de la gruta. Tendría que bajar con cuidado; una vez allí, podría nadar con tranquilidad, admirando el luminoso techo de la cueva. Porque una cosa tenía clara: no quería más gente en su vida.

Como despedida, Einar dio un par de vueltas por el exterior del avión, admirando las líneas características de las aeronaves de la época y disfrutando con los colores verde oscuro, verde claro y beige de la pintura de camuflaje. Hizo girar las aspas de los motores Hercules que habían levantado la mole de metal del suelo.

—Pero falta algo…

Se sentó en el estabilizador horizontal de cola y contempló el avión militar. Demasiado limpio. Tras pensarlo, supo qué era lo que faltaba en el cuadro.

—No te preocupes, colega, que yo me encargo.

Bajó de un salto, empezó a alejarse del avión mientras rebuscaba en su vieja mochila, sacó la Luger, le quitó el seguro y empezó a disparar sobre el lateral izquierdo del avión. Una vez sin munición, se fue al lateral derecho mientras buscaba más balas en su mochila. Las encontró, las introdujo en el cargador, lo encajó en el arma, la amartilló y disparó, quedándose de nuevo sin munición.

La Luger radiaba satisfacción por haber disparado de nuevo.

—No te acostumbres.

Se puso la mochila al hombro y rodeó varias veces el avión, observando su aportación al cuadro; el resultado no podía ser más positivo. Con los agujeros de bala en la pintura de camuflaje uno podía imaginarse al aeroplano surcando los cielos de Vietnam en tiempo de conflicto. La nave entera había ganado en madurez. ¿El morro le estaba sonriendo? Creía que sí.

—De nada —le dijo al avión mientras se despedía con la mano.

Puso rumbo al sur, por los campos, paralelo a la Waitomo Valley Road que le llevaría a la Waitomo Caves Road que moría en la entrada de las cuevas. Mientras disfrutaba del paisaje y de un cielo sin nubes, Einar se dispuso a recargar la pistola. Se trataba de una Luger P08 original con cargador extraíble de ocho cartuchos y tambor de treinta y dos. La había llevado el tiempo suficiente como para terminar de quedar prendado por su forma, su equilibrio y el tacto del gatillo. La consiguió a través de un particular que vendía armamento antiguo. Saber que ese arma estuvo en las manos de algún oficial alemán durante la Segunda Guerra Mundial le hacía ser partícipe de la sangrienta historia humana, donde la vida del prójimo era igual de valiosa que la de una piedra, una de las normales.

Evocando imágenes de enfrentamientos entre fuerzas del eje y aliados, un pensamiento cruzó su mente agitando los brazos. Einar se detuvo y miró alrededor, al mundo entero, a los sitios que había visitado, a las personas que había dejado atrás, a su familia en el sótano. Volvió la vista al arma. Aquel conjunto de piezas de metal diseñado para matar podría ser perfecto. Sería indoloro, eso creía. Además, con ella había jugado durante años. ¿Por qué no hacerlo una última vez? Podría ser él quien la llevase.

—No te precipites, colega.

¿Merecía la pena seguir viviendo de aquella manera ahora que había recuperado la cordura? Sacudió la cabeza. Volvió a mirar alrededor, esta vez al terreno que le rodeaba.

—Mejor seguir.

Guardó la Luger en la mochila y reanudó el camino a las Cuevas de Waitomo.

Investigando en una biblioteca de Dallas, descubrió que la cueva se dividía en tres niveles, más el propio río Waitomo. En el primero se encontraba el Tomo. Era una abertura vertical de piedra caliza de dieciséis metros de longitud tallada por una antigua cascada. En el segundo nivel se encontraba la Cámara del Banquete, donde había evidencias, en forma de manchas de humo en el techo, de fuegos realizados en su interior por antiguos señores de la tierra y viajeros en busca de cobijo. La Catedral estaba en el tercer nivel, y era una zona cerrada al público. Tenía un techo irregular de dieciocho metros de altura, que hacía del lugar un sitio inmejorable para conseguir una acústica casi perfecta exenta de reverberaciones molestas. De hecho, según había leído, varios cantantes habían lanzado sus potentes voces sobre las paredes de La Catedral, ofreciendo así un espectáculo sonoro inigualable. Einar Palmer, de pie en el centro de la sala sobre una plataforma artificial, entonó lo mejor que pudo un canto operístico, pero La Catedral debió de perder su majestuosa sonoridad con la marcha del viejo mundo, pues el sonido que se produjo se parecía más a un gato agónico que a un canto en La Catedral de Waitomo.

—Claro, porque tu voz es donada por un ángel… —se dijo Einar con ironía.

Si La Catedral había sido todo lo que podía esperar y más, el río Waitomo fue toda una sorpresa. Ni lo que leyó ni las imágenes que había visto hacían justicia a la belleza que desprendía el lugar. Miles de esferas de luz suspendidas de hilos mucosos bañaban las paredes y el río con un resplandor azulado casi fantasmagórico. Era como si el Hacedor hubiera decidido ponerse creativo y diseñar unas lámparas de finos collares de perlas que repartió por el techo de la cueva.

—Si hubiera tenido algo así en San Antonio…

Los obreros del Hacedor eran los Arachnocampa luminosa, unos gusanos que colgaban del techo y que decidieron que podían aprovechar el encargo del de arriba para procurarse comida. A Einar no le extrañó. ¿Qué ser viviente podía resistirse a volar hasta las perlas luminosas y enredarse en su luz, flotando con ellas por toda la eternidad? ¿Y si escalaba hasta el techo? ¿Podría enredarse en el resplandor? ¿Sería devorado por los gusanos? ¿Por siglos, milenios?

—Hay finales peores —se dijo Einar con los ojos vidriosos, hipnotizado por los collares de mucosidad.

Afuera, en la entrada de la cueva, la Luger esperaba despreocupada. Que su dueño tuviera fantasías de luz. No importaba.

Pronto llegaría su momento.

 

“EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE – 1º BAHÍA DE HALONG”, de Juanje López.

The Kissing Rocks

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Para ir abriendo boca de la ya sí inminente publicación de El Mundo Pendiente (+info aquí), os dejo con el primero de los tres capítulos que conforman EL MUNDO PENDIENTE: EL VIAJE QUE NO FUE. ¿Qué demonios es esto? Veámoslo. (más…)

Consejos para ganar un premio literario.

Escribir

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Por fortuna (y por mucho curro, que también hay que decirlo), varios relatos míos han sido publicados en diferentes antologías, como aquella gloriosa vez donde mi relato de ciencia ficción KindCare se publicó en 2099, recopilación de relatos de Ediciones Irreverentes, junto a nombres como Ray Bradbury, Philip K. Dick, Arthur C. Clarke, Stephen Baxter, Julio Verne o Eduardo Vaquerizo. Y eso, que tu nombre vaya en una obra impresa en papel junto con míticos de la ciencia ficción, es una pasada, os lo aseguro. ¡Una auténtica maravilla! Y tuve esa oportunidad por un premio literario. Pero… ¿cómo demonios se escribe para un premio literario? ¿Se escribe de forma diferente? ¿Hay reglas? Veámoslo. (más…)

“IN A HALF-WORLD OF TERROR”, el primer relato publicado de Stephen King.

In a Half World of Terror - Stephen King

¡Buenos días, viajeros espaciales!

Aprovecho la reciente entrada de curiosidades del Rey del Terror para reseñar (muy brevemente) el primer relato que Stephen King consiguió publicar, con dieciocho años, allá por el 1965 (y que curiosamente firmó como Steve King). ¿Su titulo? In a Half-World of Terror (En el Submundo del Terror).

¿Y qué tal está?

Veámoslo.

(más…)

POR QUÉ ESCRIBO LITERATURA (novelado).

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La vida no es más, ni menos, que una acumulación de experiencias. Algunas de ellas son anecdóticas. Otras perduran en nuestra memoria por un tiempo más o menos largo. Pero hay algunas experiencias que nos cambian la vida, que reordenan nuestra alma como si ésta estuviese formada por partículas cargadas y la experiencia fuese un campo eléctrico que recorriese nuestro ser. O si nos ponemos un poquito más románticos, hay experiencias como el chispazo del primer beso.

Mi primer beso no pasó de torpe anécdota, pero sí que conservo en la memoria un primer chispazo: mi primer libro. O mi primera novela de ficción, al menos. Recuerdo que me estremecí al sostener en mis manos el pesado tomo, de esos hechos con celulosa, pegamento y pasión; de los de antes, de los que huelen ligeramente a vainilla con el paso del tiempo. Se trataba de It, de Stephen King, y no tenía la más remota idea de lo que me iba a encontrar en sus páginas.

Y lo que me encontré fue el expolio sin compasión de horas de mi vida. Horas que se fueron a otro mundo lleno de adultos recordando la juventud. Y un payaso. Un payaso que sólo se hacía gracia a sí mismo.

El payaso.

El primer personaje de ficción que me cogió de la mano, me secuestró y me sacó de la realidad. Sentí miedo. La mano me agarraba como una tenaza que se sabía oxidada y se sentía orgullosa de ello. Su risa presagiaba cosas oscuras y funestas. La voz se metía en mi cabeza como un tsunami deseoso de explorar la tierra.

El payaso se giró y me miró. Aparté la vista. Una garra me agarró la mandíbula. Su tacto era… ¿delicado? Me obligó a mirar. Abrí los ojos.

—¿Acaso crees que sólo doy miedo?

Canessa, uno de los supervivientes de la tragedia de los Andes, me devolvía la mirada y le añadía una sonrisa. Me quedé pasmado.

—También puedo asombrar…

No hacía mucho, había descubierto en casa de mis padres el relato de aquella tragedia aérea. Y el libro lo había leído con asombro e incredulidad. ¡Viven!, se llamaba. Y ahora uno de los supervivientes me agarraba por la muñeca.

—…o hacerte soñar con reinos de fantasía…

Quien hablaba era un señor mayor de rostro afable, nariz inmensa y sombrero picudo. Gandalf se llamaba, como descubrí a los pocos meses.

—…enamorarte y hacerte llorar…

Una hermosa mujer me guiñó un ojo. Pelirroja. Aun no sé quien es.

—…convertir la vida en algo mágico…

Un niño repelente con gafas redondas me miró desafiante. Harry era su nombre, según la creadora Rowling me confesó una década más tarde.

—…o hacerte reflexionar con mundos por venir.

Un robot de aspecto humanoide hizo una reverencia. Creo que me lo crucé años más tarde en uno de los libros de la serie de los robots de Sir Isaac Asimov, donde le saludé. Me devolvió el saludo agitando la mano sobre la cabeza.

—Porque yo soy la literatura. Yo soy los libros. Yo soy la palabra. Y jamás te haré daño.

—No digas eso como payaso porque no sonará muy convincente —apunté ya más calmado.

—Mi labor como ese payaso no es hacerte reír —me dijo—. Mi labor siempre es la misma: llevarte donde sólo la palabra escrita puede llevarte.

Reflexioné largo y tendido sobre aquello, pensando en lo que dos libros, sólo dos libros, me habían hecho sentir. Entonces moví la cabeza de arriba abajo, de un lado a otro, y pregunté.

—¿Puedo crearte? Quiero que otros visiten mis historias.

El robot me miró con profundidad y se convirtió de nuevo en el viejo afable de sombrero picudo.

—Siempre he sido y siempre seré, aunque no siempre he estado descubierto.

Y con una de esas frases que sólo tienen sentido si se le quiere dar uno, desapareció. O su imagen, más bien, porque desde aquel chispazo, desde aquella experiencia, las partículas de mi ser se reordenaron con un único fin: compartir mundos inventados.